a dos meses del Adviento,
hubo el bautizo entre bromas
celebración y contento.
Rey y reina en la alegría
como entera la ciudad,
mas el príncipe crecía
en profunda soledad.
Cuando bien hubo alcanzado
la edad joven y madura
se despidió del poblado
en busca de su aventura.
Padre y madre le lloraron
pero el príncipe decía:
“Mucho tiempo se alegraron
mas hoy busco mi alegría”.
Partió una verde mañana
menos verde que sus ojos,
el Sol, como una fontana,
sabe ocultar sus sonrojos.
Buscó el príncipe en la guerra
el descanso de su alma,
mas ni al ser dueño de tierra
halló consuelo ni calma.
Buscó el príncipe el amor
en corazón de mil damas,
su interior oyó un rumor,
mas no un grito entre las llamas.
Buscó el príncipe la ciencia,
la docta sabiduría,
mas notó que en la influencia
no cabía su alegría.
El mundo ama sin preguntas,
decepción tras decepción,
el príncipe de ansias difuntas
abrazaba al corazón.
Cerró los ojos. Miraba
el más grande y bello abismo.
Sonrió, de alegre que estaba,
halló su Reino en sí mismo.
Nota: Regalo en octosílabos porque me enteré de su cumpleaños un día antes de que sucediera.
cantó la noche su fragor siniestro.
Heme turbado aquí, soy cual espectro,
soy yo la sombra y soy la llama que arde.
No tengo pasos ya; no tengo tiempo,
vago rondando en la humedad inerte.
Puedes venir a mí, mortal sin suerte,
guiaré tus pasos más allá del cuerpo.
Sólo mi voz oirás, me llaman fatuo;
oirás mi voz y seguirás mi llanto.
Pronto sabrás que no cometes yerro,
tuya será la decisión, que infatuo.
Nuevos senderos te dará mi canto,
no soy tu perdición, soy tu destierro.
Ja, ja, ja, ¡ríe, jacaranda!
¡Humedad dental, fulgor de sonrisas!
Boca abierta que dice jacaranda.
Trementina salival en fuga de la lengua,
¡labios extendidos gritando jacaranda!
La palabra exige humor improvisado.
Mañana, tarde, noche. ¡Alegría, jacaranda!
El árbol ignora la gracia de su nombre,
¡yo no sé de qué ríes, jacaranda!
Me morí aquella noche del desprecio.
Rechazaste mi amor con tal finura
que en el circo mortal de mi locura
me colgué con la soga del trapecio.
De estar vivo ya casi ni me acuerdo,
y sé tanto de la muerte como el frío,
el destino solaz del amor mío
me orilló al espejismo en que me pierdo.
Pareciera el suicidio de cobardes,
una fácil salida al que flaquea,
mas no puedo evitar decir lo cierto:
hoy que puedo pensarte sin alardes
tu esencia permanente me marea,
no se muere mi amor por estar muerto.